THE BEATLES: GET BACK. NO APTO PARA NO BEATLEMANÍACOS
Acabo de ventilarme los tres episodios de la miniserie de Peter Jackson. Seis horazas que me han entrado en vena cual chute de beatlemanía líquida.
Para empezar, para quien no la haya visto o se lo esté pensando, hay que tener dos cosas esenciales en cuenta para afrontar el visionado y garantizar un mínimo disfrute:
1- Ser Beatlemaníaco nivel Premium. O sea: no basta solo con haber escuchado toda su discografía –álbumes y singles-, si me apuras ni siquiera basta con sabérsela al dedillo. También es de rigor afrontar este documento visual con un conocimiento extenso de la historia beatle. Es decir: haber leído mucho –y bueno- sobre los cuatro de Liverpool. ¿Exactamente qué? Como mínimo, lo esencial: la crónica de Mark Lewisohn, La biografía (semi) autorizada de McCartney, The Beatles Anthology, el libro de memorias de Geoff Emerick, la última entrevista a John Lennon antes de morir, etc. Porque no solo basta con conocer a los protagonistas. Muy al contrario, el disfrute aumenta sustancialmente cuando aparecen en escena los actores y actrices secundarios, y si no tienes ni idea de quiénes son ni en qué medida fueron esenciales para la carrera de los cuatro de Liverpool, pues mal empezamos.
2- Haber formado parte de una banda de rock, profesional o no. Si has tenido oportunidad de vivir esta experiencia en tus propias carnes, entenderás –y disfrutarás mucho más- el proceso de creación, incluidas las partes en las que el tedio se apodera de las sesiones de ensayo, los bloqueos creativos, incluso los desencuentros y las discusiones puntuales (que a tenor de las críticas es lo que lastra la obra, cosa con la que para nada estoy de acuerdo. ¿Por qué? Porque he formado parte de varias bandas de rock y he vivido situaciones muy parecidas, ergo LO ENTIENDO)
Habiendo dejado claros estos dos puntos, si todavía os apetece ver la miniserie, aquí va mi reseña. Procuraré no hacer demasiado spoiler.
Primerísimo, alabar el magnífico trabajo de restauración y edición de Peter Jackson y su equipo. El documento es el resultado de una labor indiscutiblemente titánica y mejora –y de qué manera- el insulso y muy desolador documental “Let it be” de Michael Lindsay-Hogg. El resultado es un fresco monumental de lo que supuso aquel proceso que derivó en el álbum “Let it be” (Y a ver si queda ya claro de una vez: el último álbum de The Beatles fue “Abbey Road”. “ABBEY ROAD”, ¿enterados/as?). Y, a diferencia del documental de Lindsay-Hogg, aquí no todo es oscuro, deprimente y/o melancólico, sino que Jackson se ha esforzado para ampliar el espectro emocional. Hubo de todo: pataletas, broncas, aburrimiento, desconcierto… pero también bromas, amistad, inspiración y juerga.
Quede claro también que, por entonces, el proceso de creación que describe esta serie NO era el habitual en The Beatles, al menos en los últimos años, ya que la dificultad de ese proceso en concreto estribaba en que el álbum resultante debía de ser registrado en DIRECTO, sin overdubs ni demás trucos de estudio. Precisamente el reto era este, y no otro. Para una banda acostumbrada a pulir su arte hasta el paroxismo, tomándose su tiempo al calor de un estudio durante años, de repente ponerles en la tesitura de registrar los temas ejecutándolos los cuatro juntos (y teniendo en cuenta que The Beatles llevaban tres años sin tocar en directo) no dejaba de ser algo, por decirlo suavemente, complicado. Vamos, que estaba claro que la cosa no iba a estar resuelta en un fin de semana por muy Beatles que fueran.
El otro gran valor de “The Beatles: Get Back” es su clara vocación desmitificadora. No de The Beatles en sí como grupo, o de sus miembros como artistas o individuos (como ya he dicho, quien haya leído mucho y bueno sobre ellos no se sorprenderá en demasía), sino de la cantidad de especulaciones –y bulos, si me apuráis- que se han vertido sobre las circunstancias de su separación en los últimos cincuenta y pico años. Empezando, sí, por Yoko Ono y su –supuestamente- papel fundamental en la ruptura definitiva de la banda. Aquí voy:
Tema Yoko: no, no fue la causante directa de la ruptura de la banda. Para nada. Y conste que no tengo simpatía alguna por el personaje. Sigo pensando que se supo aprovechar muy bien de la situación y que era consciente del rédito que le aportaba su relación con Lennon, cosa que a la postre consiguió con creces. Como artista, era un mojón. Una verdadera “timadora” (lo pongo entre comillas, porque tampoco es que sea algo ilegal, ya que el mundillo del arte está repleto de sujetos de similar calaña, hasta tal punto que es tolerado y auspiciado mientras suponga ingresos cuantiosos para tal o cual parte, pero ese es otro debate).
Pero en cuanto al binomio John-Yoko no olvidemos algo fundamental: en esa época incipiente de su relación -ya vendrían los 70 y sus vaivenes-, su amor era auténtico, incondicional, real. ¿De verdad es algo tan difícil de asumir? Simplemente eran dos seres profundamente enamorados (qué le vería John ya es otro tema que solo a ambos competía, a nadie más), y el hecho de que Yoko estuviera a todas horas junto a John sin despegarse ni con Volvone solo puede entenderlo quien haya estado enamorado al mismo nivel, cosa de por sí bastante inusual. Quien haya vivido lo suficiente coincidirá en esto.
Por tanto, hay que dejar claro que la presencia de Yoko (por muy desconcertante, irritante y fuera de lugar que fuera o parezca que fue) no alteró lo más mínimo la atmósfera del grupo, que ya venía enrarecida de serie por muchos y variados motivos (por orden más o menos cronológico): el agotamiento causado por las giras, los compromisos contractuales, el abandono de los directos, el mazazo que supuso la repentina muerte de Brian Epstein, la creciente individualidad de cada miembro del grupo, los temas económicos (líos con regalías y derechos, merchandising, gestión empresarial, etc, etc…). En fin, demasiada mierda como para no considerar la presencia de Yoko, siendo honestos, una simple “guindita” en el pastelazo, una lagrimita en el océano. Y eso fue lo que es, ni más ni menos. En resumen, tras “The Beatles: Get Back” se constata lo que cualquier beatlemaníaco –Premium, al menos- ya sabía: que lo de “La culpa fue de Yoko Ono” es un bulo monumental, un mero subterfugio misógino y machirulo alimentado durante más de cincuenta años por aquellos que nunca superaron el dejar de ver a sus amigotes “desde que se echaron novia”.
Ahora bien, uno no es idiota –al menos, no del todo-, y soy plenamente consciente de que los momentos en los que el documental se centra en Yoko parecen cuidadosamente seleccionados para dulcificar la tensión que tradicionalmente se ha asumido entre McCartney y Yoko (no hay que olvidar que ambos figuran, junto a Ringo, como productores de la serie), pero eso para nada hace menos injusto el tópico, y ya es hora de que sea desechado el rancio consenso tradicional. Yoko no tuvo la culpa, y punto. Ahora, lo de los aullidos al micro… eso sigue pidiendo cárcel, no diré que no.
Y la tercera gran virtud de la miniserie: asistir casi en tiempo real a incidentes, anécdotas y encuentros con personajes sobre los que los fans de the Beatles no hemos tenido durante años mayor referencia que por escrito, o en alguna que otra entrevista, y a veces muy de pasada. Algunos míticos, casi de leyenda urbana, y otros que ni conocíamos. No puedo obviar aunque quisiera la infame “discusión” entre Harrison y McCartney, cosa que el montaje de Lindsay-Hogg privilegió como si fuera una escena clave y Jackson, por el contrario, ha contextualizado algo más, quedando como poco menos que una reacción puntual del hastiado George hacia una muestra más –una de tantas- del paternalismo artístico que Lennon y McCartney ejercían sobre él. En conclusión, nada nuevo bajo el sol. Lamentablemente.
También asistimos al desfile de personajes como el gran Peter Sellers, a quien vemos muy cortésmente riéndoles las gracias a Lennon y McCartney, como si no estuvieran ante uno de los mayores cómicos de la historia del cine (Y de paso constatamos por fin que la anécdota del “no te dejes las agujas tiradas por ahí” de Lennon tampoco es leyenda urbana).
Conocemos, por fin, al famoso –o infame- Dick James, editor de las canciones de The Beatles, durante una visita en la que queda constancia de que ninguno de los cuatro de Liverpool lo toma demasiado en serio. Es más, se percibe cierto desdén hacia él (a ninguno de The Beatles le hacía gracia que James se enriqueciera a costa de su música).
Me emociono sobremanera cada vez que interviene Mal Evans (ese yunque en “Maxwell’s Silver Hammer”) y lo afable y paciente que, en efecto, parece (cualidad más que necesaria para ser roadie de The Beatles, perfecto contraste con lo muy cabrones que estos podían llegar a ser). Y más emotivo resulta cuando sabes qué fue de su vida tras la disolución de The Beatles, hasta llegar a su injusta y trágica muerte pocos años después, en 1976. Como mínimo, merecía que se le diera más voz en el documental, y Peter Jackson se la ha dado. Chapeau.
Conocemos un poquito más a Glyn Johns, al añorado George Martin (impagables los momentos en los que abandona por un momento su estoicismo de profesor y se contagia de la atmósfera festiva como un beatle más, ¿acaso no lo fue?), a Peter Brown, Derek Taylor, Neil Aspinall (poca cancha se le da, en mi opinión), Alan Parsons también pasaba por allí, Linda McCartney (Emocionantes y tiernos los momentos en que Lennon y Starr juegan con la pequeña Heather, hija de Linda), Pattie Harrison, Maureen Starkey… incluso le ponemos nombre –por fin- a la recepcionista de Apple y a los tres agentes de policía que intentan –con éxito relativo- acabar con el concierto en el tejado. Pero quien se lleva la palma (por pelma) es Michael Lindsay-Hogg, el director del documental original, con esa pinta de niño cuáquero disfrazado de Al Capone (no le pegan para nada los puros que lleva siempre en la boca y que, por cierto, no sé si llega a encenderlos ¿atrezzo?). También con ese –al parecer- ansia viva de pegarse unas vacaciones exóticas a costa del proyecto (verbalizadas en algún momento por el mordaz Lennon) y su obsesión de irse a donde Moisés perdió el palote a filmar el concierto. Cierto es que se le ve paciencia y mano izquierda, y en no pocas ocasiones verbaliza con precisión lo que todos estamos pensando, sobre todo en sus arengas al grupo. Pero las arengas no le sirven de mucho: que los Beatles no van a salir de Londres. Entérate ya, carajo. Y, para finalizar, la sombra amenazante de Allen Klein, verdadero detonante –a mi juicio- de la separación efectiva del grupo, todo un personaje que no llegamos a ver pero empieza a proyectarse en el ambiente, como Sauron en la trilogía del Hobbit del mismo Jackson.
Mención aparte merece el gran Billy Preston, que nada más sentarse al teclado les da un baño de humildad a los cuatro de Liverpool que ni un cogotazo con la mano abierta, y que reactiva –y de qué manera- la creatividad y el buen rollo. Asoman lagrimitas cuando improvisan una jam todos juntos partiendo del “I have a dream” de Martin Luther King, así como el “qué pudo ser y no fue” de Lennon y Harrison especulando con la idea de que Preston se convierta en el quinto Beatle (Paul, aunque reconoce que Preston es la leche en bote, se muestra menos entusiasmado con la idea: “Ya siendo cuatro la cosa está jodida”)
Y, por no extenderme mucho más (que podría, créanme), voy directo a la cuarta gran virtud del documental, si no la mayor: asistir ¡por fin! al mítico concierto de la azotea de Savile Row en versión completa y con todo lujo de detalles. Genial ese montaje paralelo hitchcockiano/tarantiniano/coppoliano y nianoniano que nos muestra lo que sucede en la calle mientras la banda ejecuta su travesura en la azotea (las reacciones de la gente en la calle son impagables, mención especial a esa abuelita inglesa que parece imaginada por los Monty Python y que se queja de que la han despertado de la siesta), maravillosa la irrupción de las fuerzas del orden con esos agentes típicamente londinenses cual secundarios de Sherlock Holmes y con expresión permanente de no enterarse de nada (¿Esto qué eee? ¿Los Bitles? ¿En el tejao?¿Por qué hacen ruido ahora?¿Dónde estoy? ¡Que alguien llame a Scotland Yard o mejor a James Bond!) y qué deliciosa manera de marearles la perdiz tanto la recepcionista como el propio Mal Evans (“Sí, sí, ahora mismo les digo que apaguen los amplificadores -con la boca pequeña- …en cuanto acaben”). De puro diplomáticos –y pacientes, todo hay que decirlo-, hasta los maderos te acaban cayendo bien. Para más inri, el último en llegar, el sargento del bigote, parece complacido por poder subir a la azotea y ver qué se cuece más que por hacer cumplir la ley, hasta el punto de que casi da la impresión de que también estaba en el ajo.
Solo una ligera pega: Lindsay Hogg parece olvidarse deliberadamente de Preston a la hora de colocar las cámaras, cosa que se nota porque aparece en pocos planos y muy de refilón por detrás de McCartney, y eso no ha podido arreglarlo ni Peter Jackson, detalle que es un poco feo. Y muy injusto.
En resumen, me aventuro a certificar que la guinda del concierto en la azotea de este documental se aproxima mucho más al final que habían imaginado Lindsay-Hogg y los propios Beatles que la que teníamos en el documental original, por tanto otro punto más para Gryffindor, es decir, Peter Jackson. En nombre de toda la comunidad beatle around the world, gracias señor Jackson. Y por todo lo demás, gracias Beatles.
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